Treinta invitados como mucho. Cero compromisos. Mucho menos protocolo.
Así son las microbodas: como las de toda la vida… pero en versión mini y sin tanta parafernalia.
Venimos de una época de celebraciones de varios días, música en directo, tres cambios de vestido, photocall, fuegos artificiales y cientos de invitados colocados como si fuera la portada de una revista. Pues bien, frente a todo eso, organizar una boda pequeña casi se ha convertido en un acto revolucionario.
Cada vez más parejas se apuntan a celebrar en petite comité. Y lo hacen, básicamente, por dos motivos muy claros. El primero: quieren compartir el día solo con la gente que forma parte de su círculo más íntimo. El segundo: evitar el estrés logístico y el dineral que supone montar un evento gigantesco.
La idea es sencilla: que estén quienes de verdad importan. Aunque eso signifique dejar fuera al primo segundo que no ves desde 2012 o al jefe de tu suegro.
Además, este formato también le quita mucha presión a los novios. Porque, seamos sinceros, a veces las bodas se convierten en una especie de competición absurda por ver quién hace la celebración más espectacular. Más invitados, más luces, más show.
Y sí, una microboda cuesta menos. Pero eso no quiere decir que sea cutre ni mucho menos. Al contrario. Al ser algo más íntimo, muchas parejas apuestan por menús más exclusivos, detalles más cuidados y localizaciones especiales que, en una boda masiva, serían imposibles.
Está claro que el mundo de las bodas no deja de reinventarse. Hemos visto tendencias rompedoras, como no invitar a las parejas de tus amigos, y otras más curiosas como las antiwedding, esas bodas que huyen completamente de los convencionalismos. Y ahora llegan las microbodas.
¿Tú con cuál te quedas?


